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Una estrategia empresarial calificada como proactiva debe clarificar de forma realista dónde está la empresa, razonar el porqué de donde está, argumentar adónde quiere ir, formular cómo y revisar posteriormente la estrategia resultante de manera sistemática y proactiva. Esta amplia batería de preguntas existenciales constituye el corazón del proceso estratégico, que tendrá que ser capaz de visualizar la evolución futura del entorno competitivo, los mercados presentes y potenciales y, en definitiva, cualquier factor (oportunidad u amenaza) que pueda incidir en el crecimiento potencial del negocio, márgenes o necesidades de tesorería, es decir, el valor futuro de nuestro negocio. Paralelamente, este proceso de reflexión estratégica debe valorar las capacidades internas, es decir, procesos, personas y activos materiales e inmateriales (principalmente, fondo de comercio), con el fin de ajustar la estrategia de la empresa (la visión, la misión y el modelo de negocio) a las realidades presentes y futuras.

En la formulación de la estrategia, la llave del conocimiento sobre mercados y clientes la custodia el área de marketing.

Con esta integración de los departamentos de marketing y ventas con el resto de los departamentos de la empresa, participando en la formulación de la estrategia proactiva, es posible lograr que se defina posteriormente un plan de marketing que sea coherente con la estrategia general, ya que éste habrá tenido en cuenta las diferentes realidades externas e internas según el prisma de las diferentes áreas de la empresa (administración, finanzas, producción, recursos humanos, marketing, ventas e innovación). De este modo, el conjunto de acciones 360 (offline & digital) programadas en las áreas de producto/servicio, precio, publicidad, distribución, personas, procesos, etc. no se habrá formulado a espaldas del cliente, ni del resto de la empresa, sino que habrá sido orquestado para servir a la estrategia general de la compañía.